LA EDAD Y LA SALUD

 

(*) Dr. Victor M. Abraham, Traumatólogo y Ortopedista.

Si bien todos tenemos una edad cronológica, hay diferencias en cuanto a cómo nos sentimos con el número de años que poseemos.

Además de la edad cronológica, existen otras dos edades igualmente importantes que son la biológica y la psicológica.

La edad biológica hace referencia al estado físico actual o desgaste corporal, y la psicológica a la edad con que uno se siente psíquicamente así como a los pensamientos y emociones habituales.

La decadencia del cuerpo suele ser una preocupación, pero debemos recordar que hay muchos jóvenes que no gozan de buena salud debido a que en ésta también influye el estilo de vida. Por lo tanto podemos afirmar que la relación es mucho más compleja que: a mayor edad-menor salud.

Es importante señalar que debemos tomar conciencia de que el envejecimiento no se inicia a los cincuenta ni a los setenta, sino que comienza cuando lo sentimos así.

Los avances médicos, tecnológicos y las mejoras en las condiciones de vida, nos van llevando a un notable aumento de la edad cronológica, pero nos van enfrentando a nuevas realidades y dificultades biológicas, muchas de las cuales son de origen multifactorial y de resolución compleja, una vez instaladas.

Comprender que el crecimiento cronológico se acompaña de cambios biológicos, que están sujetos a la exposición acumulada de nuestro cuerpo a los daños a que lo sometemos, es decir: “se debe a la acumulación de daños a los que se exponen nuestras células y nuestros tejidos a lo largo de la vida”; por lo tanto, podríamos interpretar el envejecimiento, como una estrategia de la evolución para mantenernos vivos pero tenemos como opción elegir modos de vida que los reduzcan y aumenten la capacidad de nuestro organismo de mantenerse y reparar las posibles lesiones.

La salud no es una situación estática, sino que es un proceso evolutivo y cambiante; es decir, es un estado dinámico de cada persona y de la sociedad en la que vive.

La salud es, de hecho, una construcción personal que cada individuo va elaborando y valorando a lo largo de su vida, gracias a sus hábitos o a pesar de ellos, en un determinado ambiente cultural, histórico y social.

Cuando la salud falta, cuando sobreviene la enfermedad, la construcción subjetiva de enfermedad, la sensación de estar enfermo, es también propia de cada persona y se expresa según su cultura, su situación social, su percepción del mundo, en definitiva, de su personalidad.

El aumento de las posibilidades de mayor edad cronológica, nos enfrenta a la posibilidad de sufrir patologías asociadas a la edad, las cuales deben interpretarse como parte del crecimiento, y recordar que son la continuación de los procesos biológicos heredados, vinculados, modelados y retocados por el cúmulo de agresiones a que nos expusimos desde el nacimiento, como así también nos enfrenta a nuevas enfermedades de naturaleza degenerativa, cuyos tratamiento son juzgados a partir de su capacidad de frenar las consecuencias no solo físicas, sino también mentales y sociales, como a su capacidad para restaurar o preservar la calidad de vida, al menos en el ámbito bio-fisiológico.

La vida es una continuidad de crecimiento permanente. También es un crecimiento natural e inevitable. Esto habla de que “no debe tomarse como una enfermedad en sí mismo, al envejecimiento mismo”.

Podemos definir envejecer como un proceso dinámico, gradual, natural e inevitable; proceso en el que se dan cambios a nivel biológico, corporal, psicológico y social; transcurre en el tiempo y está delimitado por éste.

El envejecimiento conlleva una serie de cambios a nivel cardiovascular, respiratorio, metabólico, músculo-esquelético, motriz, que reducen la capacidad de esfuerzo y resistencia al estrés físico de los mayores, reduciéndose así mismo la autonomía, calidad de vida, su habilidad y capacidad de aprendizaje motriz.

La actividad física se reduce con la edad y constituye un indicador de salud. La reducción del repertorio motriz, junto a la lentitud de los reflejos y descenso del tono muscular en reposo, entre otros factores, provocan descoordinación y cierta torpeza motriz. La inmovilidad e inactividad es el mejor agravante del envejecimiento y lo que hoy se deja de realizar, por distintos motivos, pronto será imposible de realizar.

El ejercicio físico tiene una incidencia específica sobre los sistemas que acusan la involución, retrasando la misma de forma considerable, previniendo enfermedades y contribuyendo a mantener la independencia motora y sus beneficios sociales, afectivos y económicos.

El hombre tiene que luchar contra sí mismo y modificar sus conductas, si quiere mejorar su salud y prolongar su vida. De ese modo, la lucha por el propio bienestar se convierte en la lucha contra las propias agresiones, y la tendencia hacia cambios en nuestras tomas de decisiones, las cuales deben resaltar la importancia de la actividad física controlada, el manejo de los niveles de estrés y cambios en la dieta.

Debemos hacer hincapié en que el cuerpo que tenemos ahora es el mismo que tendremos dentro de muchos años, con la diferencia de las agresiones que sufra desde ahora hasta entonces, y ciertos cambios bio-fisiológicos, los cuales hay que interpretar con sabiduría, y con la habilidad necesaria para la toma de decisiones correctas.
El crecimiento nos enfrenta a ciertos cambios, que bien interpretados no tienen que hacernos sentir enfermos, sin que ello nos lleve al descuido o la no atención de los mismos, ya que actuando en tiempo y forma correcta, muchos de ellos son controlables, y es posible evitar el llegar al grado de que se transformen en enfermedad.

Dentro de éstos cambios, debemos incluir procesos mal interpretados, como la osteoporosis, la artrosis, la menospausia, los dolores estáticos y posturales, la sobrecarga psico-física; procesos que tomados a tiempo y con la guía de un médico de confianza, podemos poner bajo control.